Que has aprendido hoy?

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¿Qué sentido debería tener la educación? ¿Qué contenidos tendría que transmitir? ¿Cuáles deberían ser sus objetivos, sus pretensiones, sus finalidades? ¿Se ajusta el sistema educativo a las necesidades y demandas actuales de los individuos y de la sociedad en su conjunto? ¿Nos prepara la formación para afrontar las situaciones ante las que nos vamos a encontrar profesional y personalmente?.

Son muchas preguntas y me parece interesante realizar esta reflexión partiendo del ejemplo mostrado en el cortometraje de Sergio BarrejónEl encargado” y de la situación mostrada en un día “normal” de clase.
Imagino al padre (la madre) de Martín, el protagonistas de este cortometraje, cuando al llegar a casa le preguntan a su hijo: ¿Qué tal el día, Martín?, ¿Qué has aprendido hoy? El chaval contesta: “En cono estamos dando las partes de la flor. Don Manuel nos ha explicado el proceso de polinización y las partes de la flor”. Los padres sonríen satisfechos, orgullosos. Su hijo es aplicado, obediente, estudioso y va “por el buen camino”. Esa noche duermen tranquilos y confiados, se sienten seguros, sienten que están haciendo lo correcto.
Martín en cambio tarda en conciliar el sueño, se siente atemorizado ante las amenazas de Luis. Se ha sentido ridículo e insultado ante el resto de sus compañeros. Mañana será un día difícil, tendrá que encajar como pueda la colección de risas, amenazas, desprecios y burlas por parte de los compañeros. Con la certeza de que se ha comportado de manera estúpida. Arrepentido, finalmente se duerme, vencido por el cansancio.
Martín podría haber aprendido ese día el valor de la dignidad, de la justicia, la importancia de luchar por mantener unos principios en los que creemos, de luchar por lo que consideramos justo, de desafiar la tiranía. Podría haber aprendido la importancia de controlar la cólera, la importancia de no responder a provocaciones carentes de argumentos. Podría haber aprendido a confiar en que existe una autoridad que vela por nosotros y nos protege cuando actuamos al amparo de las normas y la justicia.
Pero Martín ha aprendido hoy otra lección, quizás más importante, quizá más útil para la vida: que no hay que atreverse a desafiar a los poderosos, que no vale la pena enfrentarse al orden establecido, que el precio de ser osado es caro y que viene más a cuenta agachar la cabeza y aguantar las humillaciones. ¡Ya escampará!.
Escucho atónito como varias asociaciones insisten en que la educación debe olvidarse de educar en valores, que la educación moral debe quedar relegada al ámbito familiar y que se debe evitar influir y contaminar el espíritu de los pequeños. La escuela debe dedicarse a transmitir los conocimientos del curriculum. Debe dotar a los pequeños de los conocimientos necesarios para continuar trepando por el árbol del sistema educativo y que puedan llegar cuanto más alto mejor. Debe centrarse en elevar el nivel de conocimientos del alumnado y evitar las elevadas tasas de fracaso escolar. Debe dedicarse como ironiza Ken Robinson a formar profesores universitarios.
¿Acaso se puede evitar que la clase sea un espacio de convivencia y de interrelación?, ¿se puede evitar que el niño, en tanto que miembro de un grupo, aprenda el valor de unas normas y unos principios de convivencia? ¿Podemos evitar los profesores ser ejemplo para sus alumnos? ¿Se puede mantener tal nivel de asepsia e imparcialidad? Creo que el debate no es si en la escuela se deben trabajar aspectos como la ética, la moral o los valores. El debate es qué valores vamos a potenciar, qué valores nos definen como sociedad y cómo vamos a trasladarlos, no en el curriculum, sino en la propia convivencia del centro. De lo contrario la educación en valores, en actitudes, la educación emocional se abrirá paso, como en el cortometraje, de manera descontrolada, de manera autodidacta, con resultados, a largo plazo, catastróficos.
Como padres delegamos en la escuela una parte importante de la educación de nuestros hijos, pero también la delegamos en su grupo de amigos, en sus monitores, entrenadores, abuelos, programas de televisión, vecinos, etc, aunque aquí ya no seamos tan conscientes de ello. Es, como dice Marina, la gran tribu la que educa a nuestros hijos. Y esto es algo que no podemos evitar, y en gran medida tampoco controlar. No podemos pretender mantener a nuestro hijos encerrados en una urna de forma que controlemos cuales son los contenidos, argumentos e ideas que van a aprender. Por tanto sólo nos queda la opción de fomentar en ellos un espíritu crítico, y confiar que ello les proteja y les ayude a tomar las decisiones adecuadas cuando lo necesiten. Y para ello sólo contamos con un arma eficaz: el ejemplo. Nuestro ejemplo como padres y como maestros será la única herencia que les vamos a dejar. Todo lo demás pasará con el tiempo, quedará en el cajón del olvido.
La asignatura de educación para la ciudadanía se desangra estos días víctima del fuego cruzado de los políticos. No era la panacea, la asignatura no estaba bien enfocada, (¿cómo se puede encerrar esta asignatura en un aburrido libro de texto plagado de definiciones?, ¿también esto se tiene que memorizar?), pero era un paso en la buena dirección.
La educación debe caminar de acuerdo con los tiempos. La etapa de la educación como mero transmisor de conocimientos ha llegado a su fin. Es la hora de la educación en valores, de la ética, del pensamiento crítico, de la inteligencia emocional, de la filosofía, de la psicología, de la ecología. Es la hora de empujar a los polluelos para que se atrevan a dar el salto y vuelen solos, que experimenten, que se arriesguen, que caigan y que se levanten de nuevo.
La educación basada en el saber, el modelo que nació con la revolución industrial, debe dejar paso a la nueva educación del siglo XXI, la educación basada en el crecimiento personal, la educación del saber ser.
¡FELIZ REFLEXIÓN!

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